La fortaleza de lo colectivo // Monte Adentro 2014


 Cuando  bajaban  las  aguas  del  Orinoco,  las  piraguas  traían  a  los  caribes  con  sus hachas de guerra. Nadie podía con los hijos del jaguar. Arrasaban las aldeas y hacían flautas con los huesos de sus víctimas. A nadie temían. Solamente les daba pánico un fantasma que había brotado de sus propios corazones.

Él  los esperaba,  escondido  tras  los  troncos.  Él  les  rompía  los  puentes  y  les  colocaba  al  paso  las  lianas  enredadas  que  los  hacían  tropezar.  Viajaba  de  noche;  para despistarlos, pisaba al revés. Estaba en el cerro que desprendía la roca, en el fango que se hundía bajo los pies, en la hoja de la planta venenosa y en el roce de la araña.

Él los derribaba soplando, les metía la fiebre por la oreja y les robaba la sombra. No  era  el  dolor,  pero  dolía.  No  era  la  muerte,  pero  mataba.  Se  llamaba  Kanaima y había nacido entre los vencedores para vengar a los vencidos. Eduardo Galeano.

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